Las lluvias no dieron tregua en el norte de Colombia y, en cuestión de días, una extensa región ganadera quedó anegada por crecientes súbitas. Viviendas, potreros y cultivos desaparecieron bajo el agua, mientras comunidades enteras intentaban moverse en canoas improvisadas. El panorama es de pérdidas totales, con calles convertidas en ríos y familias buscando refugio.
Córdoba y Sucre reportan 14 fallecidos y al menos 9.000 hogares afectados, cifras que crecen conforme avanzan las evaluaciones. El fenómeno climático elevó las precipitaciones de forma atípica y saturó los suelos. Barrios completos quedaron incomunicados, obligando a los habitantes a rescatar pertenencias con lanchas o vehículos altos.
En zonas rurales, donde la ganadería sostiene la economía local, los campos de pasto se transformaron en lagunas extensas. Ganaderos y campesinos luchan por salvar animales y herramientas, mientras el agua alcanza la cintura. Algunos relatan que ni siquiera pudieron entrar a sus casas: “Perdimos todo”, repiten con resignación.
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Comunidades resisten entre pérdidas humanas y económicas
Desde Montería, una de las ciudades más golpeadas, habitantes describen cientos de familias con lo puesto y electrodomésticos dañados, incapaces de recuperar lo básico. Refugios temporales funcionan en escuelas y salones comunales, pues las clases fueron suspendidas para albergar desplazados, mientras voluntarios reparten alimentos y colchones.
Las autoridades de gestión del riesgo estiman que más de 5.500 animales resultaron afectados entre rescates y pérdidas, lo que agrava la crisis del sector productivo. Imágenes muestran vacas y caballos trasladados en operativos urgentes; sin embargo, varios murieron ahogados. La actividad productiva quedó paralizada, profundizando el impacto económico para pequeños productores.
Testimonios como el de Enid Gómez reflejan la incertidumbre diaria, pues trabajadores informales no saben si sus herramientas sobrevivieron al agua, lo que complica el sustento inmediato. “No sé qué quedó”, dice. Mientras tanto, el nivel sigue subiendo y los pronósticos no son alentadores.
Con carreteras deterioradas y servicios interrumpidos, la región enfrenta una emergencia humanitaria mientras miles de familias esperan ayuda para reconstruir sus vidas, en medio de daños humanos, sociales y productivos que tardarán en recuperarse.






