En La Habana, médicos del hospital cardiopediátrico William Soler enfrentan decisiones difíciles sobre qué niños atender primero debido a la escasez de combustible que golpea al sistema sanitario cubano. La crisis se agrava tras el bloqueo petrolero impuesto por Estados Unidos en enero de 2026, y la suspensión del suministro desde Venezuela tras el derrocamiento de Nicolás Maduro. Los especialistas deben priorizar a pacientes con riesgo vital inminente, mientras los niños con casos menos graves esperan.
El hospital atiende a recién nacidos, niños y embarazadas cuyos hijos padecen cardiopatías críticas, y los médicos deben racionar equipos y suministros médicos. La cardióloga Herminia Palenzuela, fundadora del centro, explica que los recursos se guardan para los pacientes más graves. Con apagones diarios en toda la isla y cortes nacionales, los hospitales funcionan con generadores, aunque los médicos enfrentan dificultades para llegar a sus puestos debido a transporte limitado.
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Ayuda internacional llega al cardiocentro
Recientemente, el cardiocentro recibió un cargamento de 50 toneladas de medicinas, alimentos y productos de higiene, enviado por un convoy internacional de ayuda humanitaria. La activista italiana Martina Steinwurzel destacó la resiliencia de los cubanos, señalando que enfrentan un asedio histórico sin precedentes. El coordinador de la ONU en Cuba, Francisco Pichón, propuso un plan de emergencia de 94,1 millones de dólares para garantizar la importación de combustible y mantener los servicios esenciales.
El hospital dispone de 100 camas, aunque no todas se ocupan por la necesidad de racionar equipos. Los niños con taquicardia u otras afecciones dependen de dispositivos como el Holter, que a veces no están disponibles por falta de pilas. Según el Ministerio de Salud, más de 96.000 cubanos, incluidos 11.000 niños, esperan cirugías. El director del centro, Eugenio Selman, advierte que la situación alcanza niveles dramáticos y que la prolongación de la crisis energética podría generar pérdida de vidas.
El personal sanitario recorre largas distancias para llegar al hospital, y cada decisión médica se convierte en un dilema ético diario. Mientras tanto, la llegada de ayuda permite un respiro temporal, pero la crisis estructural exige soluciones sostenibles para proteger la vida de los pacientes más vulnerables en Cuba.







